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Del feminismo he aprendido a dejar de no-pensarme, es decir, a darme historia. En este pensarme histórica, una de las herramientas que más he utilizado (y de las que más me ha costado) es la de hacer remembranzas de mi pasado; cerrar los ojos y recordar imágenes, palabras, formas, frases enteras, clases, andares, conversaciones, sentires, pensares, dudas, caras, expresiones, cuerpos. Recordarme a mí para encontrarme entretejida y partir de mi existencia para devenir lesbofeminista ha sido una constante.
Entre estas reminiscencias una se me presenta en estos días. Cuando iba en la primaria había una materia llamada Ciencias Naturales, en ella nos enseñaban de manera reiterada que tooooodoooooos los seres humanos vivimos un proceso “natural” en común y mediante un discurso comparativo muy conveniente (que no deja de ser interpretación) nos mostraban nuestra similitud con plantas y animales para darle mayor confiabilidad a lo enseñado (eso sí, las excepciones apenas eran mencionadas, en voz baja y sin seguimiento, como algo curioso o antinatural). Sí, hablo del famoso NACER, CRECER, REPRODUCIRSE Y MORIR. Perdí la cuenta de cuántas veces lo escuché, no así el recuerdo que retumba como eco. Me pregunto qué habrán pensado las demás cuando lo escuchaban, qué sintieron, cómo impactó en sus caminos, por qué nunca lo hablamos entre amigas y sólo lo dábamos por hecho como la verdad. Cómo se encarnaron esas palabras hechas frase casi imperativa de lo que debe-ser nuestra existencia. Sin entrar en cuestiones ontológicas sobre lo que es nacer, crecer y morir, quiero subrayar más bien la parte de re-pro-du-cir-se (que mucho ha sido el pilar de debate de las ciencias naturales en los últimos años para definir lo vivo o diferenciar lo vivo de lo no-vivo).
La reproducción en términos biológicos se presenta más o menos clara; una vez que estás en edad reproductiva tendrás hijes y eventualmente morirás. En términos culturales, no se analiza ni está clara.
Nacemos en un mundo cargado de historia, cultura, lenguaje, discursos… Nos interpretan el cuerpo con base en ciertos estándares harto sospechosos y cuestionables, nos dan sexo-género (sólo uno de los dos posibles), nos nombran (en femenino o masculino) y nos dan lenguaje (sexista, machista, androcentrista). No nacemos, nos nacen. Del mismo modo vamos creciendo según algunas teorías del desarrollo de reciente manufactura, con algunas bases biologicistas y evolucionistas, y ahí aprehendemos más y más sobre/en el mundo; por ejemplo, que hay juegos diferenciales, que los niños pueden jugar futbol en todo el patio, pero las niñas tienen que buscar algún lugar seguro para no ser alcanzadas por el balón o que, si juegan con ellos, serán llamadas machorras.
Recuerdo al hombre aquel al que le escuché decir que quiere que su hijo crezca sin saber mucho de sexo y que respetaría su orientación sexual, pero al rato le pregunta si ya tiene novia o qué niña le gusta. Ahora que lo pienso, esos libros con imágenes en la primaria solían mostrar a familias o parejas de mujer-hombre, gente blanca, delgada y sonriente (da para analizar las imbricaciones). Cartitas de: «¿Quieres ser mi novia? SI o NO» circulaban en hojas de cuaderno. Parejas y dramas en el salón de clase a medida que crecíamos. Violencia, celos, especulaciones, ley del hielo, llanto, corazones rotos, reencuentros y reproducción de lo mismo. ¿Dónde quedaba la gente feliz que se supone que deberíamos ser según los discursos aquellos? Compañeras embarazadas desde los 15 años, hombres que las dejaban al enterarse, a los 6, 12, 20 meses. Ahí-llegó-ese-reproducirse. Pero cualquiera que fuera, casi siempre tiene el trasfondo de otra reproducción, una tan evidente que resulta difícil de notar o nombrar, una de peligro de muerte. Sí, la reproducción de la heterosexualidad.
Nacer, crecer, reproducirse y morir. Se presenta casi como una ley, un mandato, el camino, la norma, lo normal, lo natural, lo lógico, lo único, lo todo-lo-demás-es-una-aberración. Hay una trampa en todo esto, la sospecha se hace necesaria. Falta nombrar la parte más importante de la frase, la que le da todo el sentido, de la que se alimenta cada Institución, la que nos oprime sin que lo notemos. Se trata pues de NACER, CRECER, REPRODUCIR LA HETEROSEXUALIDAD Y MORIR.
Por mucho que se siga sosteniendo el discurso tramposo igualitario, esta sociedad nos sigue nombrando, interpretando y leyendo en dos; andamos por la calle y para las miradas que circulan somos mujeres y en tanto que tal somos objetos de consumo, ser-para-el-otro, un útero, un cuerpo que da placer, una que sirve, una que es violable, matable. Las mujeres nacemos, crecemos, reproducimos y morimos de manera diferente, pero siempre en un lugar específico que el régimen heterosexual tiene para nosotras. En la primaria no nos dicen el peligro de muerte que representa asumir esa heterosexualidad que nos regalan como lo normal, ni siquiera hay otras posibilidades presentes y al ser esa la única y verdadera la reproducimos a tal grado que no se vuelve algo para cuestionar, analizar y trabajar.
Reproducir la heterosexualidad va más allá, muuuuuuucho más allá del pensamiento simplista de entenderla como hombre y mujer procreando. No olvidemos que mujer y hombre son construcciones culturales que se sustentan en la opresión de las mujeres, que los discursos biologicistas son interpretaciones ligadas al poder masculino, que procrear se presenta como mandato para las mujeres, que las “diversidad sexual” se va aceptando siempre y cuando siga siendo capitalista, que las lógicas de los discursos religiosos, legales y médicos son binaristas y refuerzan la heteronorma, que el heteropatriarcado es omnipresente, que las mujeres seguimos siendo violentadas de tantas maneras que no puedo nombrarlas en estas pocas líneas, que si no seguimos el mandato “natural” de nacer, crecer, reproducir la heterosexualidad y morir y en su lugar buscamos fugas, seremos perseguidas, acusadas, violentadas, que la heterosexualidad obligatoria nos está matando.
Para leer más sobre la heterosexualidad como régimen dentro de estos discursos que la enuncian pero esconden sus efectos nocivos, les recomiendo buscar textos de Monique Wittig, Gloria Anzaldúa, Audre Lorde, Selene Romero, Luisa Velázquez, Mariana Bertadillo o Nadia Rosso. O bien escribir sus propios textos, hacer estos ejercicios de pensarse históricas son importantes y necesarios para que sigamos nombrando las opresiones y busquemos fugas.
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En mi vida he transitado por varios espacios abanderados en posturas que al final han resultado lo mismo pero más sofisticado.
Desde que me declaré lesbiana de manera abierta y hasta los 25 años, esos espacios eran totalmente despolitizados, espacios GBT sostenidos por discursos de la igualdad del feminismo liberal y después, habré estado un año más o menos, atravesada por el feminismo posmoderno en sus expresiones queeristas y trans.
En los primeros espacios (GBT) no me detenía a reflexionar en mi vida, a historiarme, a narrarme, no sabía que lo personal era político más que por algún comentario descontextualizado, como si fuera algo de moda y tuviera más que ver con la marcha del orgullo gay que con una realidad concreta. A la marcha gay (porque para todo mundo éramos gay-así-en-general, nótese la misoginia-lesbofobia) fui un par de veces y así como no me historiaba, tampoco podía reconocer claramente a qué se debía el malestar que me provocaban los carros alegóricos repletos de hombres semi desnudos gritando a diestra y siniestra “pendeja” o “puta”, el ambiente de carnaval y besos de todos contra todos y la culminación del evento en cualquier bar de zona rosa en donde todo mundo seguía bebiendo y buscando con quién follar.
Ahora me pregunto qué de transgresor o radical tiene una súper juntada de hombres en su mayoría (porque siempre fue lo mismo, por cada 100 hombres, había 1 mujer), besándose y demostrándose amor… si los hombres siempre se han amado, si la civilización patriarcal se ha generado a partir de pactos y consensos amorosos entre hombres. No hay nada de especial o novedoso.

Sí había en mí un malestar, si había incomodidad, sí había mi cuerpa tratando de decirme algo, pero vivía despolitizada, siguiendo los discursos dominantes provenientes de la clase dominante (hombres), que aunque ahí fueran gay, bi, heterocuriosos, trans, seguían siendo profundamente misóginos, lesbofóbicos, clasistas, racistas, gordafóbicos… porque hombres. Entonces, no era capaz de escuchar atentamente eso que Lorena Cabnal llama las sospechas cosmogónicas.
Cuando me moví a los espacios queer-trans, según la yo de esa época, lo viví como una evolución. Sí, si antes era Jigglypuff ahora sería Ditto (referencia pokemonesca para las de la época).
Mi yo de ese entonces pensaba que si el espacio anterior estaba despolitizado y no se podía conversar con nadie si no era de fiestas, alcohol y ligues, este “nuevo” espacio prometía encuentros cultos, lecturas y debates. Pero es un espacio, que como el capitalismo; nos prometió bienestar, salud y abundancia y sólo nos ha traído malestar, enfermedad y empobrecimiento.
Sí comencé un proceso de pensarme, escribir mi vida y plantearme preguntas. Pero el pensamiento había sido ocupado por Preciado, Butler, sus referentes foucaultianos y en general la historia de los hombres.
Sí había espacios de debate, pero eran todos ocupados por hombres, las mujeres que estábamos presentes, o estábamos calladas o hablábamos de nuevas masculinidades, de otras corporalidades y de nuevas y más er(x)óticas formas de sometimiento heterosexual.
Entonces ¿qué sentido tenía historiar-me, escribir-me, narrar-me, si lo hacía ubicándome en una historia que me ha enajenado, si lo hacía desde el lenguaje de los hombres, con sus referentes y con sus propias preguntas, en sus espacios académicos o culturales en los que por lo demás siempre había un cuartoscuro de donde conocemos historias de horror y violencia hacia mujeres heterosexuales y lesbianas?
Sus preguntas no eran las mías porque ni siquiera hablaban de mí, de las realidades concretas, materiales, que vivimos las mujeres. Sus argumentos, teorías y propuestas no respondían a mis cuestionamientos existenciales. Sus autores o autorxs seguían negando-borrando a las mujeres, pero ahora como gran aporte performativo post estructuralista liberador emancipador deshacedor del género.
Yo fui ampliamente reconocida en ese contexto, pero sólo porque me nombraba en masculino, porque citaba a san Michel Foucault, porque me definía como pansexual (y esto aseguraba el acceso de los hombres hacia mi cuerpa) y porque les seguía haciendo la chamba política, de investigación y documentación, siempre en sus términos, con su lenguaje, sus herramientas.
Simplemente seguía presente la misoginia, la lesbofobia, el racismo, el clasismo… La explotación, el uso y desecho de mi cuerpa, de mi tiempo y de mi trabajo.
No tenía historia. No tenía referentes. No tenía preguntas propias.
Lo que ellos admiraban no era mi pensamiento, mi trabajo, mis escritos, porque no eran míos, eran suyos. Ellos seguían admirando el espejo.

Pero nada de eso era visible para mí, como no lo es para ninguna de nosotras, porque el pensamiento masculino obnubila. Nos despojan de historia, de referentes de mujeres y desprecian nuestros saberes. En mi caso fue tanto el impacto de esto, que llegué a pensar e indagar en las intervenciones para una transición sexo-genérica como una posibilidad para mi vida.
¿Qué tantos procesos tenemos que pasar para llegar al punto de mutilar nuestras cuerpas, de enterrar nuestros nombres, de olvidar nuestras historias y de pretender que ocupamos el lugar del amo?
Me parece que es un punto cúspide, un nuevo récord de este sistema que ya nos ha mutilado la palabra, el clitoris, los lazos con otras mujeres, que ya ha enterrado los saberes de nuestras ancestras, sus legados y que se sofistica tanto que nos hace creer que también podemos comprarnos un kit del amo que incluye una nueva voz, unos nuevos vellos corporales, una no-menstruación, shots hormonales de por vida. El kit del amo, no desmonta la tienda del amo. Más allá de la cuestión capitalista farmacéutica que esto contiene en sí, este nuevo récord implica un proceso de borrado muy efectivo que se ha blindado, amurallado en leyes, derechos, speeches cada vez más difíciles de detectar, se amparan en la igualdad o performatividad, la liberación sexual, la tolerancia, de tantísimos discursos buenistas que no han hecho sino encubrir sus raíces, sus intenciones, su rostro feroz. Ocurre un lesbicidio simbólico masivo.
Yo, como muchas compañeras lesbofeminsitas, estaba encaminada a ser un hombre trans, una transmasculina. Yo, como muchas de ellas, logré resistir (o salir) primero a la cooptación y despolitización del mercado gay, del feminismo liberal y de sus discursos de la igualdad y después a la cooptación y despolitización del mercado queer-trans, del feminismo posmoderno y de sus discursos de deshacer el género. Ambas posturas son la misma, la segunda simplemente es más sofisticada. Ambas nos borran a las mujeres, nos siguen negando, mutilando, haciéndonos consumidoras de sus ideas, de sus aparatos, de sus teorías, haciéndonos re-productoras de su cultura, de su civilización masculina, patriarcal, misógina…
Yo estaba destinada a ser heterosexual, como todas, como parte de la obligatoriedad, de la coerción de sendo regimen, pero no lo fui, decidí ser lesbiana y aún así estaba encaminada al matadero, a celebrar este mes como el mes de la diversidad, a ir a la marcha ya sea como una lesbiana liberal, como unx queer o como un “hombre trans”, pero presente, comprando el pin de la bandera arcoiris o rosa/azul/blanca, pensando qué ropa usar, a qué bar ir, a quién conocería para ligar, decidiendo si hablar de la farmacopornografía, performatividad o el panóptico, mostrando alguna prótesis genital, un binder o enseñando con orgullo las cicatrices de mis senos mutilados, y en el cuello seguramente estaría exhibiendo un dije en forma de cápsula que contendría una microdosis de mi primer inyección de testosterona.
Pero no.
No.
No.
Y no.
Soy mujer, resisto a ser mutilada histórica, simbólica y corporalmente…
Soy lesbiana, rompo con el mandato de la heterosexualidad, la misoginia y la enemistad entre mujeres…
Soy lesbofeminista, me niego a ser cooptada y despolitizada por el feminismo liberal y el posfeminismo…

Ilustración: Sally Nixon Celebro, siempre, el amor entre mujeres, la ternura con una misma, el que nos alejemos de espacios que nos hacen daño, de quienes nos hieren y de que nos acerquemos a otras mujeres para recuperar/reacuerpar los saberes de nuestras ancestras, compartir con las contemporáneas para volver a la creatividad y la alegría de vivir y construir legados y utopías para las futuras.
Eso es de todos los días, no es algo mediático, no es parte de un mercado, ni requiere consumo de bebidas alcohólicas, banderas, pines o cuerpos. No es algo que quepa en las Instituciones, en los bares, los cuartos violeta o Paseo de la Reforma dirección Zona Rosa.
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Cristina,
Esperé mucho por el encuentro, hubo días en los que otro pensamiento sólo servía para estorbarme el anhelo de verte. Te había buscado. Fugaces intentos, insensatos intentos… cualquiera sea la fórmula, nunca te encontraba, siempre estabas tan lejos, tan estrella rota ante mis ojos astígmatas y miopes.
Sólo recordar el vacío de las habitaciones, llenas de ecos de silencio, me hace doler el pecho.
Tus palabras, fetiches de mi deseo, que agitan mi imaginación y turban mi sueño. Me había vuelto amante de tus palabras; ellas en mi oído, en mis labios reprimiendo a dentelladas este afán, en mis dedos de panal, en la copla musical de su propio desorden hecho goce, en toda una existencia ausente, en este, mi amado espacio de revelaciones. Y si a Alejandra la llevo, sin fondo, onírica e inconsciente, tú (me) estás encarnada.
Esperé mucho.
La noche previa al encuentro casi no dormí y los apenas relámpagos oníricos me cargaron de imágenes y sonidos estrepitosos que me volvían a la realidad, oscura, silente, contemplativa de mí. Yo, la asonante, la obliteración misma.
Me levanté con más miedo que alegría, incluso me atrevería a decir que prolongué cada movimiento para tener un pretexto del tiempo, desrresponsabilizándome de la siempre presente posibilidad de hecatombe. Pero esta vez, a diferencia de lo que ha sido mi vida, el tiempo me daba la mano y corría a mi ritmo, quizá fue tanta su espera que hasta él mismo pedía vernos juntas.
Vi las primeras horas de la mañana y levanté pedacitos de juego, limpié los areneros, puse alimento y agua en los tazones, calenté agua para tomar un té, me metí a la bañera… me detuve a escuchar las gotas encontrando mi piel, cerré los ojos e hice un recorrido mental de lo que sería este encuentro: autobús a la Ciudad de México, la terminal y el metro lleno de gente, el Zócalo tan cercano lo mismo que ajeno, Donceles… ¿Bastaría la generación de esta imagen para retenerla como un recuerdo “vívido” y colmar de felicidad toda mi vida o tendría que materializar sí o sí esa cercanía de cuerpos ya supuesta, soñada, querida?
Tantas veces me dijeron que no fuera, que no estarías, que seguir el deseo tiene un precio, se vea o no se vea, se tiene que pagar. ¿Cómo voy a pagar esta felicidad, esta ilusión, este deseo?
No. Que las palabras otras no se me cuelen entredientes, sigo siendo una adicta a la intensidad. Sin duda, iría.
Me vestí, cuidando cada prenda, cada detalle, como casi nunca hago, miré mi cabello crecido, me quedé en el espejo: ¿Esta soy yo? Sonreí y me preguntaba qué sería mirarte, posarme en tus páginas de vida, recorrerte de una vez y para no-siempre. Apuré el paso para tomar el autobús que por poco me deja, pero este día nada podía salir mal, todo era preciso, encajaba cada minúscula cosa en su lugar.
Me sentí diáfana.
Autobús, terminal, metro, Zócalo… ¡Donceles!
¿En cuál de todas nos encontraríamos?
¿Me lo dijiste acaso?
¿Lo escribiste en algún papel o servilleta que olvidé en otro tiempo?
¿Estaba entrelíneas como un mensaje oculto sólo para mí?
No importa, ante la confusión incipiente resolví buscarte en todas: estarías.
Bibliofilia, inframundo, hermanos de la hoja.
Nada
El laberinto, tomo suelto, aún en el callejón de los milagros.
Nada.
Recorrido ida y vuelta.
Vuelta e ida.
Amenaza de lluvia.
Nada.
¿En qué momento el tiempo me soltó la mano para correr en otra dirección?
Pregunté por ti en todos lados, entraba, salía, miraba, ¿estarías escondida afuera, adentro?
Volvía, apartaba mis cosas y entraba en esa laberíntica ciudad de gentes y libros, quizá la torpeza de alguno de los hombres que estaba ahí te había mandado a “Ciencia Ficción” o “Biografía”, cuando está claro que eres toda poesía. Me siento ofendida, vulgar, extranjera entre los otros, miro y no veo nada.
Yo, tan segura ese día de que te encontraría, ahora estaba perdida, ¿por dónde empezar? Nadie sabe de ti, sus existencias oblicuas y sus pequeñas miserias sólo alcanzan para lo mundano. Apenas dos ancianos de melena larga y acento de sur de continente me dijeron que casi no te habían visto, que la última vez te escucharon hacer traducciones por la ciudad. ¿Y ahora? ¿Cómo te voy a encontrar entre estas millones de palabras? ¿Cómo hallar o crear un cordón umbilical que me una a ti?
Me siento como el personaje de La Dimensión Desconocida al que le bastaba estar cerca o tocar un libro para que todas sus letras, como por ósmosis, se le hicieran carne en el cuerpo, sinapsis el pensamiento. Al final, yo pienso que, decidiendo su locura, entra a una biblioteca para morir de sobredosis. Así me siento, Cristina, pero al revés, porque a mí no me llegan las palabras, no tengo pistas de dónde estés y comienzo a sentir pánico, y quiero gritar y que me dejen sola hasta encontrarte, pero la arena sigue cayendo y mi sobredosis de vacío será de este falso abandono, acaso abstención anunciada.

¿Por qué no viniste al encuentro Cristina? Sabías que te estaba esperando. ¿Sabías que te estaba esperando?
Me voy yendo, a padecer la realidad, la prosa de mis pasos atemporales marca una despedida, si se le puede llamar así a un no-encuentro. Sólo me queda decirme, mientras atravieso la alameda central, que ésta sí es una guerra perdida, que –In memoriam– la vida se me escapa, que sigo sin hallar las estrategias del deseo.
Tu muy desconocida, Itzel.
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Me suelo recordar a mí misma como una niña-adolescente-mujer silente. Con el paso de los años me he encontrado con 2 tipos de silencios: el opresor y el sanador. Hoy quiero hablar un poco del primero.
El silencio opresor tiene muchas caras y se crea en la civilización masculina para que lograr mantenernos calladas, dolientes, lejanas. Enfermas.
Tienes 6 años, estás desarrollando rápidamente la capacidad de comprender el lenguaje de los adultos, quieres participar en esas pláticas tan acaloradas sobre política, o las novelas, o los chistes, o las próximas fiestas, la escuela, sobre aquello que parece tan importante y de lo que todo mundo en tu familia habla. Te decides y emites algunas palabras… La gente se ríe, dice “qué tierna” y sigue su conversación sin darte cabida.
Tienes 8 años, resolviste dejar de hablar y empezaste a cantar, cantas y cantas por las calles, caminas con tu padre y cantas, preguntas sobre la vida y cantas, conoces palabras y cantas. Tu padre te dice que ya te calles un poco, que desesperas, que te va a comprar un cubre-bocas. Tú estás herida, pero cantas. “¡Me van a comprar un cubre-bocas!”.
Tienes 10 años, ahí vas nuevamente, quieres hablar, ¿para qué te enseñaron a hablar si no te iban a permitir hacerlo entonces? Te aventuras e intervienes en esa charla apenas encuentras un momento en el que las demás personas callan y dan tiempo para respiro, y hablas. “Calladita te ves más bonita hija”, dice alguno de tus tíos, todos ríen, tú intentas reír quedito, disimulando el flechazo de dolor que te atraviesa.
Tienes 13 años, estás conociendo el sistema secundario, ahora mismo hay un ejercicio de debate sobre un tema que ya no recuerdas, pero sabes que es importante, todo mundo está acalorado, das tu punto de vista y la voz de un niño te pasa por encima: “¡Ay! Cállate, tú no sabes nada, mejor ni digas”, todos ríen, incluso el maestro suelta una sonrisa que parece que intenta esconder, sólo parece, porque se asegura de que lo mires. El mensaje es entregado. Tus ojos se ponen acuosos, pero no les permites el gusto de verte llorar, intentas dar un revés con otra frase, pero casi que sólo escuchas el latido de tu corazón queriendo salir corriendo a otro planeta.
Tienes 15 años, te quejas de las políticas de la secundaria, no entiendes todavía cómo es obligatorio llevar uniforme y menos ¡falda! Te parece cosa de la milicia, “nos quieren homologar, nos quieren desdibujar, quieren que seamos la misma cosa obediente”. Estás harta y dejas de usar falda, es otra forma de hablar. Te llaman a orientación, te sancionan, amenazan con echarte de la escuela. Tú que siempre has sido tan buena hija, tan ordenada y callada, tú que no das molestias en casa… Otra vez te rebasan
Tienes 18 años. Ante la presión, sales con un hombre, no puedes concebir cómo sus ojos miran, cómo alguien que literalmente quiere devorarte, terminar contigo. Quieres hablar de cómo te sientes, de qué piensas de los temas que aprendes en la Universidad, de política, a estas alturas ya tu cuerpa sabe que debes moderarte, hablar pensando primero siempre en el otro, morderte la lengua para no caer mal. Dices lo justo, sonríes, no quieres enojarlo. De todas formas se ofende, te dice que cómo es posible que ni siquiera sepas hablar, defender una idea o citar autores. Quieres desaparecer.
Tienes 23 años, estás realmente harta de intentar hablar, ya has aprendido com-ple-ta-men-te que nadie quiere escucharte. Ya tu cuerpa te habla de taquicardias, sudor de manos, pensamientos irrefrenables, hipótesis de cómo te van a callar esta vez; quizá una mirada de fuego, una frase tajante, unas risas despolitizantes, a ver qué.
Tus palabras se volvieron lágrimas hacia adentro, porque ni eso, ni llorar está bien. Hazlo sola, en un rincón de tu cuarto cuando no molestes a nadie.
Tu garganta se ha convertido en este cementerio de palabras, tu cuerpa en el mausoleo hecho silencio. Y es esta acumulación la que potencia el cáncer, sí, es un silencio cancerígeno.
Entonces pasas mucho tiempo pensando cómo hablar, cuál es la forma correcta, cómo defender tus ideas, cómo ordenar argumentos legítimos, te desgastas, te debilitas, lees a todos los autores de los que hablan en clase, los compañeros, los maestros, piensas muchas cosas, te preguntas tanto. Aprendes a jugar su juego, con sus reglas, en su cancha, pero sigues sintiéndote llena de miedo.
Resuelves hablar con amigas, te da miedo también porque con ellas has experimentado la vuelta al silencio, quizá de manera PARTICULARMENTE dolorosa. Recuerdas todas las veces en las que les contabas algo, así tuvieras 12 o 20 años, algo que era importante para ti, y tratabas de buscar su mirada, elegir las palabras precisas para captar su atención, conocer el lenguaje de sus cuerpas para saber si había empatía o malestar, en fin, ponías de tu parte para esto, abanderada siempre en la certeza de que tú hacías una escucha consciente y plena cuando ellas pasaban dos horas hablando de lo idiotas que eran sus novios, de lo pesada que estaba la violencia de su padre en casa, de la película que miraron la noche anterior o de baile y maquillaje, cosas que a ti te daban igual en sí mismas, pero como ellas decidían hablarte de esto, escuchabas, preguntabas con curiosidad, las mirabas a los ojos, dejabas el teléfono a un lado, te entregabas al vínculo. Recuerdas todas estas veces en que intentaste hablar y recibiste indiferencia, interrupciones abruptas, nada. Esas pequeñas traiciones.
Tienes en la memoria de tu cuerpa cuando tú quisiste hablar de cómo van las cosas con tu familia, de tus parejas, de tus proyectos, de poesía, de los anhelos y las preguntas de la vida… y la otra sólo se limitó a decir “Mmm, sí, está cabrón”, o mientras contabas tus experiencias, ella se distraía en cualquier parte; mirando en otra dirección, saludando a un amigo, viendo su muro en FB, o cuando notabas la urgencia que tenían por contestarte y te brillaban los ojos, porque pensabas que por fin alguien se interesaba en ti, pero ella sólo interrumpe para comenzar su frase con un: “sí, a mí me pasó que…”, y el tema vuelve a ella, tú te pierdes en este mar de indiferencias. Y callas. Vuelves al silencio opresor, ensordecedor. Tienes 10 minutos para irte y llegar al transporte, si no, puede dejarte y será 1 hora más de camino, pero ella sigue hablando, no das lugar a la interrupción, no quieres lastimarla, aguardas a que termine, a que se sienta mejor, a que las palabras no la ahoguen como quizá te ahogan a ti, pasan 30 minutos. Has perdido el transporte. No sabes qué ha pasado, pero te sientes derrotada.
Hablas con J, tu amiga de estos años. Nunca has construido amistad por fuera de la institución académica, toda tu vida ha sido en la escuela, te entristece porque sabes que tus relaciones se limitan a los años que dura el curso. Aun así, J está ahí, buscas ese asidero, ella también lo busca, se encuentran. Vienen los temas cotidianos; escuela, trabajos, relaciones, familia, sueños, proyectos. Las dos están aprendiendo a hablar, las dos están aprendiendo a escuchar, las dos están creando un nuevo lenguaje amoroso. Sobre todo, sientes que las dos están dispuestas y te alegras infinitamente.
Te sientes asombrada, te das cuenta de la rapidez con la que hablas, tus palabras te atropellan, te entrenaron para hablar de esta forma, corriendo, porque alguien sí o sí iba detrás tuyo. Aquí notas que ella no te interrumpe, que ella te mira a los ojos, que ella asiente, está atenta, notas que tu respiración al hablar empieza a cambiar, tomas pausas que ella entiende, sabe cuáles son pausas momentáneas en lo que sigues articulando palabras, sabe cuáles son pausas para escucharla. Ella también se sorprende, lo notas en su mirada, piensa que vas a callarla, a ignorarla o a juzgarla, no haces nada de esto. Tú estás escuchando con toda tu cuerpa mientras ella habla. Sí vas pensando en qué cosas podrías contestar, pero no te encapsulas en tus propias historias sin dar cabida a las de ella, enriquecen los relatos con las experiencias de ambas, sin dejar de tener presentes sus historias, sus sentires, sus anhelos. Se ríen, lloran, se quedan hasta la madrugada haciendo críticas al sistema educativo, hablando de las relaciones, de lo misterioso que resulta pensar en que estamos suspendidas en el Universo. Hablan y escuchan hasta quedar dormidas, tú en la litera de arriba, ella en la de abajo… y aun cuando sus ojos no se abren, pero ya regresaron de la tierra onírica, lo primero que hacen es hablar y escucharse.
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En un año me gradúo en los estudios Medicina Integrativa, a veces me hubiera gustado empezar estos estudios hace diez años, pero confío en ha sido en el tiempo que ha tenido que ser, después de todo, cada historia vivida me ha llevado hasta aquí.
La manera en la que nos han hecho crecer ahistóricas es muy ruin, pues casi que nos convertimos en autómatas que no recuerdan qué comieron ayer, cómo durmieron la semana pasada, si acaso sonreíste por algo con lo que te sentiste alegre o si has llorado en el último mes. El tiempo acontece, parece, siempre para adelante, siempre lineal. A mí me daba miedo, corrijo, a mí me da miedo recorrerme hacia atrás, sí, todavía me da miedo, porque hay muchas cosas que sigo sin lograr acomodar, que no puedo nombrar públicamente, que sólo he hablado con las mujeres cercanas a mí o que incluso, sólo han sido parte de mis soliloquios, por el dolor que representan, porque ni siquiera ha habido forma de apalabrar algo que sigue siendo visceral, porque como mi abuela o mi tía dicen cuando platico con ellas “ay hija, para qué quieres saber, son cosas feas, vivimos tantas cosas feas que ya no hay por qué estarlas recordando”. Después de esto no dicen más, voltean su mirada y yo me quedo ahí contemplando, sintiendo esas cosas feas pero al mismo tiempo contenta de saberlas vivas.
La búsqueda de poder dentro de mí implica que debo estar dispuesta a atravesar el miedo para llegar a lo que hay detrás de él. Si examino mis puntos más vulnerables y reconozco el dolor que he sentido, podré eliminar del arsenal de mis enemigos la fuente de ese dolor. Entonces, mi historia no podrá ser utilizada para afilar las armas de mis enemigos y eso reducirá el poder que tienen sobre mí. Nada de lo que acepto sobre mi persona puede ser utilizado para menospreciarme. Soy quien soy y estoy haciendo lo que he venido a hacer, actuar en ustedes como una droga o un cincel para recordarles lo que de mí hay en ustedes a medida que las descubro a ustedes en mí. (1)
Aunque conozco sobre los principios de la medicina tradicional china y mexicana desde hace diez años, sólo en estos últimos tiempos logré moverme a su estudio comprometido y consciente. La psicología me había dado el título, muchos vaivenes, críticas, enojos, desesperanzas. No ejercí como terapeuta aun después de graduarme, pasaron varios años antes de eso, porque el movimiento que me permitió sentirme capaz de acompañar a otras fue el de reconocerme capaz de acompañarme a mí misma. Para eso pasaron casi treinta años de mi vida, seis después de salir de la carrera.
Acompañarme a mí ha significado irme historiando, buscar, preguntar sobre mis ancestras, hablar con ellas, indagar lo más que pueda, escribir, llorar, rabiar, re-sentir, incluso colapsar.
Acompañarme a mí ha significado saber que mi abuela paterna se suicidó cuando era joven, yo no la conocí pero acompañarme ha significado conocerla a través de los relatos sobre ella, a través incluso de mí, de mi cuerpa. Cuando tenía unos trece años sentí una profunda pérdida de la alegría de vivir, fue un tiempo de autodestrucción para mí, ensimismada y herida, no sabía porqué estaba sintiendo tanto, tan desbordadamente. Fue hasta pasados los veinte años de edad que supe que la abuela se había suicidado. En ese instante muchas cosas hicieron “clic”, tomaron sentido, comprendí corporalmente tanto de lo que previamente sólo aparecía con agobio y melancolía. Puedo decir que fue triste saber esto de la abuela, sobre todo por pensar qué tanto habría pasado como para decidir frenar su vida. Pero al mismo tiempo fue liberador, porque mi cuerpa tenía una pieza que parecía faltar. Sigo llorando esto, sigo politizando e intentando sanarme y sanarla a ella.
Acompañarme a mí ha significado reconstruirme después de que mi madre muriera de cáncer, cuando yo tenía cinco años. Fue un cáncer mamario que hizo metástasis en los pulmones. Fue fulminante. Una mujer que muere de cáncer muere literalmente ahogada. Conocer historias de mi madre me ha permitido saber qué fue lo que la ahogó. Pero antes de conocer esas historias y de generar la posibilidad de ir sanando su muerte, las cosas no fueron sencillas.
Mis dos abuelas nacieron en Veracruz. Mi abuela materna fue dejada en una casa, la casa de los patrones, donde desde muy niña vivió la explotación y las violencias de este sistema. Mi abuela paterna creció con las expectativas generadas a partir de una familia más “acomodada”. Ambas terminaron en el Distrito Federal, ambas se casaron y ambas tuvieron hijos e hijas. Ambas vivieron con la ilusión de una familia feliz, perfecta, saludable y llena de amor. Para ambas, los caminos que vinieron estuvieron alejados de aquel ideal.
Mi madre nació en el Distrito Federal, ahí tuvo a sus dos primeros hijos. A partir del empobrecimiento ella fue migrando, a veces siguiendo a mi padre, a veces buscando refugio con su madre y hermana. Yo nací en Zapopan, a los dos años nos fuimos a Salamanca, hasta donde sé, a vivir en un cuartito de piso de tierra que nos fue prestado por una tal “señora Jose”. Mi mamá lavaba ropas de las personas, planchaba, cocinaba, vendía, pedía dinero prestado… Unos años pasaron y fuimos al Distrito Federal donde finalmente ella perdería la vida en un cuarto de hospital. Yo supe la noticia en el jardín-estacionamiento de ese hospital, no pude verla en todo ese proceso, no supe nada. Sólo lo definitivo. Murió. ¿Qué partes mías habrán muerto ahí también? Quizá nunca lo sepa por completo.
De ahí en más las cosas sólo empeoraron. Crecí con mi padre, dos hermanos mayores y uno menor, vivíamos en un pequeño cuarto en un predio donde también vivía otra familia. Era un lugar sucio, sin servicios mínimos, con una puerta de herrería sin bisagras (había que cargarla para salir o entrar), las ratas se escuchaban debajo de la cama todas las noches, comiendo basura. De ahí nos corrieron por falta de pago de renta y otros problemas. Llegamos a un pequeño departamento en una vecindad cerca de las vías del tren allá en Azcapotzalco, sólo podíamos ocupar un espacio, porque lo demás era una bodega del dueño. Ahí las ratas se convirtieron en cucarachas. Dormíamos en el suelo porque no teníamos camas, y aquellos bichos rastreros amanecían dentro de mis orejas o paseando encima mío. En todos esos años, comer, se podría decir, era un lujo. A veces se podía y a veces no. Y lo que comíamos eran papitas, panes, golosinas o tacos de sal o nopales si nos iba bien. A veces podía ser mejor, sólo a veces, con unas enfrijoladas o espagueti.
De esa vecindad también tuvimos que salir. Llegamos a un departamento muy cerca del metro Rosario, nada fue muy distinto: comíamos cuando se podía y lo que había, nos cortaron los servicios por falta de pago y al final también nos desalojaron. Recuerdo de ese tiempo que al no tener agua, debíamos hacer nuestras necesidades de desecho corporal o en una cubeta o en un periódico en el suelo.
Finalmente llegamos a una casa de interés social cuando yo tenía unos doce años, esa casa se sigue pagando. Aunque nadie nos podía correr de ahí, las cosas con el alimento y las carencias de lo más básico seguían siendo lo cotidiano. Aun viviendo en Toluca, estudié la secundaria, la preparatoria y la Universidad en la Ciudad de México. En los camiones yo era a quien le sonaba a tripa de hambre, en el salón era la que nunca llevaba comida y siempre usaba la misma ropa (la única que tenía), y sobre todo era la niña que no tenía mamá. Cosa por la que viví un sinnúmero de burlas y comentarios, explicaciones, opiniones y miradas que son como dagas (hasta la fecha). En fin, yo era ella. En la Universidad sólo contaba con 20 pesos al día, mismos que eran para pagar los camiones y el metro. A veces ni eso, debía caminar la distancia del metro a la escuela o viceversa; andenes, callejón inmenso, avenida, vías, puentes, colonia, parque, iglesia y llegaba a la facultad. Un día calculé mal, pese a irme caminando al metro, llegué sólo con 3 pesos, me faltaban 2 pesos para poder abordar. Fue un logro que me los prestaran en la calle. De aquella época recuerdo con cariño a la mamá de un compañero, que a sabiendas de mi situación, sin que fuera la de ella muy lejana, me mandaba tortas aunque sea para desayunar. Nunca me dieron una beca mensual, aunque de todas las personas era la que vivía más lejos y la que llevaba, con todo, el mejor promedio del salón (luego me enteré que salí con el segundo mejor promedio de la carrera). La maestra Eve se dio cuenta de muchas cosas que yo pasaba, ella decidió de su propia bolsa, brindarme un apoyo mensual mientras ella estuviera ahí, y aún después, dejó dicho que debían seguir dándome ese apoyo. A la distancia, a ella, a la mamá de mi compañero, a mi madre, a mis abuelas, a mis tías, a mis primas, a mis amigas y a todas las mujeres que me mantuvieron con vida, les agradezco infinitamente. Incluyéndome.
Acompañarme ha significado recordar estas historias, comprender que no son “muy personales”, que no sólo me ocurren a mí, comprender su dimensión política, mirar de cerca la estructura del sistema feminicida que lleva a perder la alegría de vivir, al empobrecimiento, a la enfermedad, al suicidio de las mujeres. Yo perdí la alegría de vivir a los 13 años, he sido autodestructiva en muchos momentos de mi vida, he pasado hambre, en mi cuerpa se han gestado padecimientos y enfermedades, he estado al borde de las mutilaciones definitivas, me habitaron ideas suicidas en el pasado. Recién en 2018 viví una serie de momentos desoladores que tienen sus raíces profundas en estas memorias de la cuerpa, podría decirse que colapsé, me desbordé, ese diciembre sentí de manera enraizada los dolores de mis abuelas y de mi madre, seguramente de tantas ancestras más. Sigo digiriendo mucho de lo que viví en ese año, se sigue acomodando en mí, sigue siendo parte de mis entretejidos con el pasado, con mi presente y mi futuro, aún no estoy del todo lista para poder apalabrar hacia afuera, pero desde adentro me acompaño, me enternezco, sano. Sólo desde el fondo más hondo pude estar situada de tal manera que vislumbré mi vida, la importancia de historiarme, politizarme y sanarme, y al mismo tiempo historiar, politizar y sanar con/a mis ancestras. Se lo merecen y me lo merezco.
Acompañarme ha significado hablar de esto, aún con miedo… Porque llevo casi veinte años en un trabajo constante de recuperación, cultivo y cuidado de la alegría de vivir. Ahora comparto con mujeres amadas, con mis tres gatas que me devolvieron la capacidad de sorpresa, ternura, intuición y defensa; mientras una me baña, la otra me huele la mano buscando rastros de comida y la tercera me mira fijamente antes de enterrarme sus patitas en la panza a un ritmo suave y musical, también comparto con mi perrita viejita y sus dos compañeros perrunos que llegaron en manada a mi vida y me hicieron ver de nuevo lo más simple y maravilloso de vivir, a veces aullamos cuando pasa la señora vendiendo helados y nos reímos mucho, comparto con las plantas que en diciembre de 2018 compré y que conservo y cuido como si fueran la memoria misma. Algunas se han secado, otras perdieron energías, las más se han multiplicado y florecen.
Acompañarme ha significado reconocer que a veces he tenido miedo de no haber vivido una vida plena, feliz y totalmente sana en el pasado y que esto, a los ojos ajenos, pueda llevar a la duda, la desconfianza y la burla. Pero ¿quién de nosotras iba a vivir una vida plena, feliz y sana cuando hay todo un sistema milenario sobre nuestras espaldas tratando de asegurar que estemos sometidas, empobrecidas, enfermas y muertas?
Acompañarme ha significado también saber que desde estos reconocimientos, decido acompañar a otras mujeres, aún con dolores habitando mi cuerpa, aún con historias sin ser apalabradas, aún con miedo. Pero con la absoluta certeza de saber desde dónde las acompaño y con qué intenciones. Generamos juntas los espacios que posibilitan la sanación que tanto necesitamos, entre nosotras, las que aún heridas, no estamos dispuestas a callar, a enfermar, a ser muertas por este sistema. Pues en nuestras cuerpas se conservan memorias de opresión, violencias, enfermedades, pero también -y sobre todo- memorias de rebeldías, de amora entre mujeres y de la alegría de vivir.
Acompañarme ha significado acompañar a otras, de la misma manera que acompañar a otras ha significado acompañarme.
Este diciembre he llorado mucho, veo que la memoria de mi cuerpa habla en la época decembrina, creo que siempre habrá algún dejo de nostalgias que comparto con mis ancestras, por algún motivo, en diciembre. Por el frío, por los riñones, por el miedo, por mirar a través de la ventana, por recordar, suspirar, imaginar las utopías.
Me falta un año para terminar los estudios en Medicina Integrativa.
Las mujeres que acompaño, muchas veces se sorprenden, cuando en nuestra primera encuentra les pregunto “¿cómo estás pasando al baño? ¿has tenido problemas con tu hígado? ¿qué sueles comer? ¿qué dirían tus riñones de esto? ¿sabes dónde está tu bazo?”… Vamos mapeando esa cuerpa que es un documento vivo con memoria histórica, porque la cuerpa habla a través de la palabra pero no sólo a través de la palabra, habla con una forma de sentarse, con un hormigueo en los pies, con una punzada en el estómago, con una inflamación intestinal, con un llanto, con una risa. La cuerpa nos dice tanto sin que nos hayan enseñado a escuchar. Cuando mapeamos podemos encontrarnos con dolores, ansiedades, excesos de pensamiento, inflamaciones, el bazo-páncreas. Vamos hilando las historias emocionales, familiares, contextuales, alimentarias, de descanso, orgánicas, porque no es una cuerpa fragmentada, y entonces apalabramos, comprendemos historiando, damos cuenta, también analizamos de dónde viene ese dolor, ese exceso, ese temor, de qué está hecho, miramos las políticas sexuales de las emociones, de las enfermedades, y generamos invitaciones que nos convocan para llevar a cabo prácticas sanadoras cotidianas, conscientes e intencionadas.
Escribir esto, hoy, es parte de ese entretejido, de ese hilar sanación feminista.
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Referencia:
- Audre Lorde (1983), La hermana, la extranjera. Mirándonos a los ojos: mujeres negras, ira y odio.
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Las mujeres hemos sido patriarcalmente silenciadas, no es una teoría, tú y yo lo sabemos porque lo hemos vivido, y no ha sido una experiencia meramente personal, aunque nos hagan creer que sí, es una experiencia de clase.
Nos hacen creer que estamos solas y locas, por eso crecemos creyendo que la otra no me comprende, no vive lo que yo, no sabe de mí, a la par nos creemos que somos las únicas viviendo lo que nos lastima, que somos exageradas o estamos locas. Y esto, por supuesto, no son pensares-sentires-actuares espontáneos; nos lo dijeron tantas veces y de tantas maneras, que terminamos por creerlo, naturalizarlo y reproducirlo.
“¡Qué estúpida eres! ¡No sabes hacer nada!” me decía tantas veces ante el menor acontecimiento, daba igual si se me caía una taza, sacaba mala nota o manchaba mi pants con menstruación.
No nací diciendo esas palabras, es bueno no perder esto de vista.
Pensando en los silencios
¿Tienes a tus abuelas presentes, a tu madre?
Yo sí, me ha costado buscarlas y encontrarlas, tratar de construir vínculos sanadores con ellas, aún en la ausencia. Me ha costado porque ellas y yo hemos sido silenciadas de tantas maneras. Mi abuela paterna se suicidó, no la conocí. Mi abuela materna ha vivido al servicio de la familia y sus generaciones, sólo hasta que ya no “sirvió”, y la artritis le impidió lavar y cocinar, se le diagnosticó “demencia» y así fue puesta en un asilo. Mi madre murió de cáncer de mama con metástasis en los pulmones cuando yo tenía cinco años.
¿Sabes cuántas mujeres enferman de artritis o mueren de cáncer por año? ¿Sabes cuántas intentan suicidarse o lo hacen? Esto es político, no meramente estadístico. Esto nos habla de nosotras, a las que no hemos podido mirar porque nos rompieron los vínculos.
¿Cómo debe ser la vida de una mujer para que su cuerpa llegue a concluir en un suicidio o en la construcción de una enfermedad como el cáncer?
Es la cuerpa
La cuerpa es nuestro único espacio de construcción, es un documento vivo con memoria histórica, es lo que soy y en donde estoy viviendo la realidad opresiva. Es la cuerpa la que ha sido tomada y borrada por el sistema patriarcal; repasemos algunos ejemplos.
La cuerpa de las mujeres:
- Ha sido leída, interpretada, nombrada, patologizada, usada, explotada y desechada por el sistema patriarcal
- Ha sido disminuida por los griegos que la consideraron imperfecta, por no haberse desarrollado en perfección como los hombres
- Ha sido satanizada y demonizada por la religión judeocristiana, que creó mitos para justificar el lugar de la opresión que vivimos
- Ha sido quemada en función de ello, sabemos que mucho más de 9 millones de mujeres fueron enviadas a la hoguera
- Ha sido despojada de la capacidad de pensar y crear, considerando que es una cuerpa para parir, cuidar y amar
- Ha sido durante diez siglos sujeta al vendaje de pies chino, práctica normalizada de belleza que significó la desfiguración de los pies, impidiendo que pudiera caminar, acaso huir
- Ha sido usada en experimentos científicos
- Ha sido educada en los cuentos de hadas y princesas, cuyo mensaje es: sólo eres buena cuando estás muerta, si estás viva eres mala (bruja) y hay que matarte o adoctrinarte
- Ha sido sometida a clitoridectomia para evitar el encuentro consigo misma y con otras y centralizar el placer masculino
- Ha sido replegada a la esclavitud; servir, cuidar, limpiar, amar…
- Ha sido violada, tratada, prostituida
- Ha sido usada por una de sus partes, la más valiosa para el sistema; vientre de alquiler
- Ha sido esclavizada en los campos
- Ha sido colocada en los lugares institucionales (como la escuela) donde no se le nombra, no se responde a sus preguntas, no se considera su existencia
- Ha sido intervenida emocionalmente para decirle qué desear, cuándo y en dónde, cómo actuar, qué vestir y comer, cómo sufrir y de qué conmoverse, qué es y cómo se consume la felicidad
- Ha sido enfermada y muerta
- Ha sido tantísimos etcéteras, no podría terminar aquí.
¿Cuántos silencios guardas desde que tienes memoria? ¿Cómo los contienes en la cuerpa? ¿Qué tanto nos hablan de los silencios de nuestras ancestras?
Gracias a las mujeres lesbianas que nos dejaron textos tan valiosos y a las que construyen munda conmigo en la actualidad, he podido reconocer que el silenciamiento no es sólo uno, ni nada más de las palabras.
El silencio es aquello que no pudiste decir cuando te hirieron, pero también es aquello que se enquista y crece como un cáncer gestándose durante años. El silencio es la violación y el acoso que apaga nuestra cuerpa. Es también la falta de referentes de mujeres y la imposición de los creadores del mundo. El silencio es la hoguera, la guillotina, la guerra. El silencio es que al llegar la noche sólo tengas ganas de llorar y debas buscar un lugar oculto para no molestar. El silencio son las teorías que nos explican nuestras vidas para que sigamos creyendo en la opresión. El silencio es el medicamento para callar la cuerpa, para dorm(or)ir.
El silencio no es simbólico o imaginario, trastoca la cuerpa.
El silencio se expresa en ausencia pero también en mentira. Adrienne Rich escribió que las mujeres hemos sido obligadas a callar incluso mintiendo; mentir con la ropa, con el tinte, con las uñas, con el tono de voz, con la crema blanqueadora, el pelo alisado o rizado. Somos obligadas a mentir en función de lo que los hombres de la época han querido escuchar.
¿Qué quieren escuchar los hombres de nuestra época? ¿Cómo mentimos en esta época? ¿Cómo callamos en esta época?
Aunque yo calle, mi cuerpa sigue hablando. Habla con el recuerdo, con el estancamiento, con la tos, con el llanto, con el dolor de estómago, con el padecimiento, con la enfermedad, con la muerte.
Las formas de silenciamiento cambian, se sofistican, mientras que las raíces patriarcales y los resultados mortales para nosotras son los mismos.
Si pienso en mi biografía política, a veces me veo en retrospectiva y me siento muy ingenua; primero, porque creí en el feminismo que me hablaba de igualdad; luego, porque creí en el que me hablaba de multiplicidad.
Ahora tengo algunas certezas.
No fui ingenua, estaba despolitizada, tan silenciada que podían llenarme de cualquier cosa.
El feminismo no es un lugar de creencia, sino de acción. Creer no es una acción en sí misma, y si lo fuere, es pasiva.
El feminismo de la igualdad y el de la multiplicidad son lo mismo, el segundo simplemente es más sofisticado.
Este mismo feminismo ¿actúa? Sí, pero sus acciones tienen raíces patriarcales, entonces no hay potencialidad ni transformación real en las condiciones materiales y simbólicas de existencia de las mujeres.
Cuando la acción se torna así, es una inacción. Es no hacer nada, o en todo caso, abonar al mismo sistema que nos ha silenciado, enfermado y muerto. Es no hacer nada.
¿Cómo llegué a estas certezas?
Ahora tengo preguntas fundamentales y esclarecedoras que me acompañan en el proceso de la construcción de certezas; ¿cómo me siento aquí? ¿puedo romper silencios o estoy hablando de otros? ¿quién habla aquí? ¿de quién se habla? ¿dónde estamos las mujeres en este espacio? ¿cuáles son las intenciones políticas para hablar de lo que se habla? ¿esto es financiado? ¿quién financia esto? ¿quién acepta esto? ¿esto tiene foros, espacios, recursos, editoriales? ¿es posible contar con todo esto y hablar desde las raíces para transformar?
El feminismo de la igualdad apela a igualarse a las condiciones materiales y simbólicas que los hombres crearon para sí mismos a partir de nuestra explotación. El sujeto central no somos las mujeres, sino los hombres; igualarnos a ellos, sin existencia legítima.
El feminismo de la multiplicidad apela a la diversificación identitaria, desde un lugar discursivo y performático. El sujeto central no somos las mujeres, sino los hombres, diversificarnos en tantas partes como sea posible, de tal manera que no quede una de nosotras.
Por lo demás, ambos tienen recursos, foros, academia, becas, posgrados, libros, presencia social, política, cultural, institucional…¿es posible transformar radicalmente el mundo así? ¿es posible destruir un sistema pactando con él?
Yo no quiero –¿por qué querría?– igualarme a quienes nos han silenciado históricamente, tampoco quiero desaparecer en sus políticas de identidad ginocidas; y la cosa es que estuve a dos minutos de hacerlo.
¿Cómo trastoca la cuerpa este silenciamiento feminista significado a partir de la modernidad?
Les contaré cómo, brevemente y a partir de mí, pero cuando hablo de mí quiero que tengan presente que soy parte de una clase social-sexual mujeres. No olvidemos esto, pues dentro de la atrocidad patriarcal-capitalista-heterosexual se nos hace pensar en una yo-sin-clase, un yo-sin-mujeres, como si fuera posible. Les contaré cómo, aunque ya lo he hecho, pero elijo seguir haciéndolo, para las que quieran escuchar. Hoy les hablaré sobre mastectomia.
Silenciamientos, dijimos.
Ancestras, dijimos.
La cuerpa, dijimos.
Sofisticaciones, dijimos.
Certezas,
dijimos.
Soy una mujer que ha vivido con miedo al cáncer desde los cinco años de edad. No fui una niña que viviera preocupada por la feminidad; no me interesaban las muñecas, los niños o ser madre. Fui una niña preocupada por el cáncer. Pienso… Entonces sí fue la feminidad, pues el cáncer es consecuencia directa del sistema patriarcal donde su clase fundadora (hombres) creó la feminidad para efectos de reproducción de su cultura, de sometimiento y naturalización. Todo sostenido en nuestra cuerpa.
Mi madre fue diagnosticada con cáncer de mama, pasó por la mastectomía, el cáncer se hizo metástasis en sus pulmones y murió, literalmente, ahogada.
Audre Lorde escribió Los diarios del cáncer, ahí relata cómo ha sido la mastectomía. Yo no pude saber desde la voz de mi madre cómo fue este proceso, es decir, su vida. Cuando leo a Audre puedo tener una noción, me conmueve, por momentos me tumba, luego me recoge y me abraza, me acuerpa.
Viví desconectada de mi cuerpa, puede ser que desde los cinco años. No me gustaba tocarme, siquiera mirarme al espejo. Repudiaba mi cabello, mi voz, mis ojos. Aunque me gustaba correr rápido, jugar y leer, viví medianamente desconectada de mi cuerpa. No me gustaba ver el vello que brotaba en mis poros, tampoco la menstruación que se anunciaba y no quería darme cuenta en que mis pechos crecían. ¿Por qué tenían que crecer? ¿Por qué tenían que mirarlos con esas miradas que lastiman? ¿Por qué no podía ocultarme del mundo que cortó los senos de mi madre y ahora hacía emerger los míos para ser degustados por los otros y seguramente luego también cercenados?
Al reconocerme lesbiana, mi cuerpa se tornó otra. Es decir, yo. Logré mirarme al espejo, sonreír, tocar mi cabello y cuidarlo con caricias, tocar mis senos y los de otra mujer, reconocerme en su vulva, reconocerla en la mía, encontrarnos en nuestras historias.
En la universidad esto cambió. Rápidamente la colonialidad que ahí opera me presentó ante el feminismo de la multiplicidad, el queerismo. Volví a poner mi cuerpa en duda, la duda en la que me pusieron históricamente, la sometí al escrutinio vago de las palabras sofisticadas que venían de gente europea, la metí en una sala de interrogatorio para buscar torturarla hasta decir las verdades construidas a partir de las preguntas del otro.
¿Cómo trastocó esto mi cuerpa?
Creí poder comprar el kit del amo para desmontar la casa del amo, creí que podía ser libre al fin…¿identificándome con el opresor? Sí. Vi nuevamente mi cuerpa con repulsión, creí (este lugar de fe e inacción) en la explicación que me dieron sobre mi vida, anulé mis historias y a mis ancestras. Todo comenzó con algo pequeño, mínimo, una cosita de nada, lo que parecería un juego de «niñxs»; cambiar mi nombre en redes, ante ciertas personas, firmar así en masculino o en «neutre».
Es decir, silenciándome, ¿al final no era algo tan mínimo verdad?
Y seguí de esta manera, cerca de comprar no sólo “penes sintéticos”, sino binders para aplastar mis senos, mirando además qué cirujanos eran los mejores para no dejar marcas en una mastectomía voluntaria.
MAS TEC TO MÍ A VO LUN TA RIA.
Aquel proceso que vivió mi madre, traído de la enfermedad, traída de toda una vida de miserias y resultando en su muerte, era algo que yo reivindicaba como transgresor. Y lo peor es que ni siquiera pensaba en ella cuando me lo planteaba. ¿Dónde estaba ella? Borrada. Como yo.
Borrada como mis abuelas, tías, primas, sobrinas, amigas, brujas, todas. Porque no pensaba en ellas. Ahora me doy cuenta de que cuando más lejos estuve de mujeres, fue cuando más daño me hice, me hicieron.
Aquel proceso que relata Audre, donde describe el dolor físico, real, los efectos emocionales, las crisis, el llanto, la desesperación…. yo lo estaba poniendo en un altar como la punta de la revolución.
¿Cómo es posible? ¿Cómo se puede seguir desechando la cuerpa de las mujeres de esta manera? ¿Cómo podemos seguir creyendo que deseamos la opresión? ¿Cortar mis senos habría significado romper los silencios, honrar a mi madre, destruir este sistema que nos borra y mata? ¿En qué lógica mutilarnos (una estrategia históricamente patriarcal) y nombrarnos como el opresor puede ser algo reivindicable, verdadero o sanador? ¿Estamos ante un nuevo ginocidio como lo ha sido el vendaje de pies chino descrito por Andrea Dworkin, sólo que tan sofisticado que lo pensamos como voluntario y además radical?
Audre dijo que fue el amor de otras mujeres lo que la mantuvo con vida. Y ese mismo amor de mujeres es lo que me ha mantenido con vida, a pesar de que este sistema me ha querido muerta desde que nací. Muerta callada, princesa, quieta, triste, heterosexual, cercenada, enferma.
Con las mujeres lesbianas, desde el lesbofeminismo, es que reconocemos la posibilidad de honrar a las ancestras, romper los silencios, conocer nuestra cuerpa, senos, útera, menstruación, el hilo que nos une y sana.
Llega un momento en nuestras vidas en que no podemos seguir callando, en que no podemos mentirnos más, a nosotras mismas y a las otras. En que es vital la conciencia de clase social-sexual mujeres y las tomas de postura para nuestras vidas. Por eso Audre nos ha preguntado ¿qué palabras te faltan todavía? ¿qué necesitas decir? ¿qué silencios nos quedan todavía por romper? y yo les pregunto ¿qué han dicho a esos silencios? ¿qué han dicho a sus ancestras? ¿qué han dicho a su cuerpa?
¿Queremos seguir viviendo silenciadas, borradas, mutiladas, ausentes de nosotras?
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Soy una niña que no encaja en este lugar, me siento ajena, el patio de la escuela parece un campo de batalla, lo mismo el salón. En algún lugar habré aprendido a hacerme invisible, porque lo que más quiero es pasar desapercibida y tener un perfil bajo, ya sé cómo se burlan, cómo hieren, cómo esos niños dicen lo que dicen con una crueldad implacable. En ese momento me siento débil y me guardo mi secreto o mi sospecha para mí, lo guardo en un lugar muy profundo que ni yo quiero escuchar o encontrar pronto. Me da miedo.
Llega la hora del juego, educación física, correr, saltar, hacer goles. Soy buena para todo eso, soy la mejor. Le gano a los niños en cosas en las que una niña no les debe ganar, pero no me importa. Me hago acreedora de su rencor y burlas, me quieren hacer menos, me dicen machorra, marimacha, tortillera. Yo no sé qué son esas palabras, pero por la forma en que las dicen sé que me quieren insultar y lastimar, que me haga pequeña, que me vaya a esconder al salón y no vuelva nunca más a ganarles la carrera, a hacerles goles. Pero yo no me voy, me quedo y sigo siendo la mejor, algo dentro de mí, quizá el soplo de viento fresco de mis ancestras, me hace correr más y más, disfrutar el sol que hace, reírme a carcajadas. Es cierto que hay cosas que me duelen, soy una niña de primaria en un contexto empobrecido, viviendo la guerra de este lugar, esquivando miradas, palabras y acciones que son balas, pero tengo fuerza y mucha, como la vez que pasaron corriendo en la formación del final del recreo y me tiraron, no pude ver ni quién, pero me levanté, como siempre me levanto. Nadie espera nada de mí, ni maestros ni compañeros y aun así salgo bien en las calificaciones y paso el examen de esa secundaria pública chiquita y demandadísima. Me despido de la niña a la que miraba siempre, María Luisa. Siento que la quiero mucho, suelto algunas lágrimas y atesoro en mi cuerpa su imagen yéndose con su mamá y desapareciendo en esa esquina de Avenida de los Constituyentes.
Soy una adolescente que no encaja en este lugar, me siento ajena, me han obligado a usar el uniforme con todo y falda, y tanto que me resistí en la primaria, tanto que rehusé vestirme como se exigía (y logré ir siempre con otra ropa fuera de esa indumentaria azul-policía), pero ahora es diferente, me han cantado las reglas y no puedo hacer nada -dicen. Los hombres de todas edades me empiezan a mirar con especial atención en ciertas partes de mi cuerpa, me resultan asquerosos, los niños me llegan a hacer declaraciones públicas, queriéndome obligar a decir “sí” cuando no quiero y los ignoro, les doy la espalda, no me interesan para nada. Yo la miro a Adriana, me gusta saberla en un aula contigua, escucharla, ver que siempre trae un libro que devora con los ojos, adoro que conozca todas esas palabras y las diga entre risas. Es un refugio, casi un hogar. Nos juntamos siempre a la salida afuera del banco de la esquina de la escuela, en el Jardín del Perú o en la Barranca de Barrilaco. Vamos al cine, a alguna fiesta, ¡nos queremos tanto!
No son los mismos niños de antes, pero sí lo son, tienen otras caras y voces y nombres, pero siguen refiriéndose a mí como la machorra, la lesbiana. Mi maestra de español no entiende “mi perfil”, supongo piensa que soy masculina, que hago deportes sin tener miedo, que no acepto las normativas escolares sólo porque sí, que hago debate y reniego de esa jerarquía, del poder de todos esos adultos, me parece que no puede concebir que una niña no se calle, que no se someta.
Yo la sigo mirando a Adriana, he descubierto que me gusta y dentro de mí hay una lucha; por una parte, todas las voces de la sociedad gritando, insultando, diagnosticando, haciéndome temer, y por otra la voz mía diciéndome que es un sentir diáfano, que la pienso, la quiero, le escribo y que me alegra ir a la escuela sólo para verla. Me siento feliz descubriéndome-creándome. Y contra toda la historia, la cultura, la sociedad, la Institución, le escribo que siento mucho amor por ella. Comienza nuestra época de cartas. Nos queremos, sanamos y construimos mediante la escritura. Es maravilloso.
Soy una chica que no encaja en este lugar, me siento ajena, es una preparatoria tan grande para mí, aunque de las más pequeñas de la UNAM, ahí en mero Plateros, está tan llena de gente, bullicio y desorden. A veces pienso que me quiero morir. Todo mundo tiene un grupito menos yo. Las compañeras hablan todo el rato de hombres, de quiénes les gustan, de por qué, de cómo vestirse para verse bonitas, de cómo arreglarse (como si estuvieran descompuestas) y se dan tips de cremas y cosas que me importan realmente nada. ¿Estaré mal, tendré que adaptarme, ceder, darle la victoria a quien sea que se la tenga que dar y terminar teniendo esas charlas, vistiéndome y pintarrajeando mi cara como hacen ellas para conseguir un novio que después me lastime, me humille o me violente como hacen con ellas? No quiero eso, ni para mí ni para ellas. ¿Cómo hago?
Hay un grupito de bisexuales, hombres y mujeres, que se ven muy alegras, quisiera estar ahí. Conozco a una chica que me presenta, salimos a comer, pero algo no anda bien, aquí se insultan mucho, las chicas se hablan en masculino, los chicos se expresan en femenino diciéndose “puta” o “perra”. No me gusta esto, si estoy queriendo construir esta lesbiandad de forma bella, este no es el sitio ¿o sí?
¿Estaré mal? ¿Cómo puedo pensar que otras lesbianas, gays o bisexuales despliegan misoginia, racismo, clasismo? Me aíslo, no encuentro un sitio. Ahí -en ese grupito- han dicho que soy “incogible”, qué horrible palabra. Decido que ese lugar no es mío, ya me lo dijo mi cuerpa, la escucho cuando me chocan esos comentarios, cuando descubro cuán violentamente se manejan en el LGBT.
Finalmente me hago de una amiga, con ella platico de todo esto, ella aún no es lesbiana, añitos después lo decidiría, pero mientras tanto hablamos mucho y nos queremos, nos cuidamos de esos comentarios y esa gente.
Soy una mujer que no encaja en este lugar, me siento ajena, pese a que estoy en la Universidad y siento alegrías por lograr cosas nuevas e importantes, noto que hay un velo, una mirada de bala todavía, pero más oculta, más educada, más sofisticada. Me impongo; la primera semana intervengo en un debate grupal y apoyo mis ideas diciendo que “yo como lesbiana” …se me detiene el corazón, no hay respiraciones y todo comienza a andar en cámara lenta. Soy lesbiana.
Lo tengo claro, lo asumo y siento una especie de plenitud al decirlo. Algunas compañeras me ven con intriga, poquitas con complicidad, hombres con desconcierto (“¡qué atrevida! ¿cómo se atreve a despreciarnos?”) y dejan entrever un poco de asco. ¿Creen que me importa?
Mi voz ocupa el salón en cada clase, he confiado en mi palabra, no tengo que esconderme y no siento miedo. Sin embargo, sigue siendo una lucha constante. Por ejemplo, esta maestra de Psicología Aplicada, todo el tiempo me reduce, me interrumpe, niega mis aportes, me pone calificaciones inferiores a las de mi compañero que sólo se limitó a imprimir el trabajo y entregarlo en sus manos docentes y heterosexuales. ¿Qué le represento o le recuerdo, le espejeo algo, es personal o es estructural, por qué esta lesbofobia? No tengo claridad, pero no quiero enfermarme por eso… En su clase tantas veces me encuentro pensando “me quiero ir, sólo hazlo, vete, no vuelvas, no tiene sentido, este lugar es horrible, no mereces esto”, observo todo el tiempo la puerta esperando encontrar valor en esa falsa lontananza. Pero no, ¿por qué he de irme? No me van a silenciar, no me van a borrar, no me van a nulificar. Sigo alzando la mano, cuestiono esas ideas reduccionistas, hablo de una cosmovisión diferente, propongo, escribo sobre temas que parece que a nadie le importan, pero a mí sí, eso me llena. Camino tranquila por los jardines de la Facultad, paso de largo el monumento a los Gises y atravieso con toda mi amada lesbiandad esta Ciudad de México, desde Los reyes Iztacala hasta Toluca.
Soy una mujer lesbiana que no encaja en este lugar, me siento ajena, aun siendo un espacio de mujeres adultas donde hacemos trabajo espiritual, siento el patriarcado en el ambiente, las voces de ellas justificando a los violadores en nombre del “instinto animalesco” y del “por algo pasan las cosas”, sus invitaciones-casi-exigencias para feminizarme, para que me maquille y use la falda, que deje de ser vegana porque eso habla de la energía y de los problemas con la madre… Me dicen incluso que debo estar abierta a sus ideas, a la heterosexualidad. Me dejan en claro su postura de lesboodio cuando directamente me dicen que la energía de la vida sólo existe entre hombres y mujeres, que entre mujeres no hay energía vital, no hay movimiento.
¿Cómo un trabajo de sanación espiritual-corporal puede implicar tantos ataques hacia una lesbiana? ¿Cómo puede ser que su sanación se centre en seguir cuidando a los hombres, negociando con ellos y queriendo “salvarlos” de algo? ¿Cómo es que estoy ocupando tiempo, dinero y energía en venir 4 horas semanales a escuchar lo maravillosos que son los hombres y cómo hay que perdonarlos y amarlos, a escuchar que la heterosexualidad es la panacea y que la lesbiandad es un desajuste energético?
Decido partir. La huída también es autodefensa.
Me despido de los pueblos de San Antonio y San Juan, de las pirámides y las señoras que me hablaron de las piedras con las que hacían sus hermosas piezas.
Platico con amigas-amoras lesbofeministas sobre esto, politizamos, compartimos experiencias, me invitan a escribir, me cuentan procesos de sanación y trabajo espiritual. Me siento alegre y abrazo mi desición.
Soy una lesbofeminista que no encaja en el sistema heterosexual-patriarcal-capitalista, ¡y qué bueno!
Me alegra verme en retrospectiva porque puedo mapear las resistencias y el profundo amor y respeto que siento por mí, por la vida y por otras mujeres. Viví la misoginia, la lesbofobia, llegué a sentirme tan perdida que pensaba en que sólo muriendo podría terminar con ese odio, me aislé, lloré, me lastimé… Pero en mi camino ha habido otras mujeres a las que he podido ver, escuchar o leer (o las tres juntas cuando he sido muy afortunada) y noté la gran red de vida que tejemos desde tiempos inmemoriales, me gusta formar parte de esta red… Cada que he caído me sigo levantando como en la primaria, sigo sintiendo el viento de las ancestras que me impulsa y acompaña a crear, sigo escribiendo pa0ra sanar como en la secundaria, hasta mantengo la emoción por el intercambio epistolar, sigo escuchando a mi cuerpa y toda su sabiduría como en la prepa, sigo hablando con amigas también, sigo haciéndome preguntas, atravesando el miedo y rompiendo los silencios como en la Universidad, siendo y viviendo como una lesbiana visible. Sigo creyendo en la importancia del trabajo espiritual, pero politizado desde la radicalidad lesbofeminista.
Recuperemos los saberes, resistencias y cariño de nuestras ancestras, compartamos con las contemporáneas y dejemos legado a las futuras.
Aquí hemos estado, aquí estamos y aquí estaremos.