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Saltaron entonces unas cuantas figuras
Leí los tintes del pasado
Volví la cabeza sobre el hombro y la mordaza resucitó en su propio entierroHay ecos derrumbados en este espacio
Donde escribiste sobre los muros que habías levantado
Y tiraste las palabras regándolas por la tierra
A modo de no armar nunca aquel rompecabezas -

Fuerte el silencio
Fuerte la muralla
Fuerte la muerte
Que nos calla -

Y si fuera un verbo
Sería melancolizar
Acaso acentúa lo existente
Como la tarde que cae lenta y sublime
Olvida los rostros que ocultó
Con el primer hervor de la mañana
Que ahora yace en el panteón de los días
Y para pensar la musicalidad no existo
Pero aspiro a juntar fonemas
Que armonicen la tristeza que es el silencio -

I
Temo lo único que soy
Mientras me alcanza lo único que seré
Me escondo del mundo
Y no voy dejando semillas como huellas
Retiro lo invisible de mi palabra
Sostengo mis oídos
Y aprieto
Con los dedos que me quedanII
Lo hacemos
Nos damos cuenta de la trampa
Y seguimos cayendo en ella
Como paliativo
De qué
Es un caer consciente
Y ella lo descubrió
Casi a las tres de la mañana
Un lunes de enero
Lo venía suponiendo
Pero el lunes lo entintóIII
Quería encontrarse con la personificación vivificante de su pasado
Y desmembrar cada instante en pequeñísimas partículas
Para determinar con alguna certeza
El momento en que comenzó a verse trágica, melancólica y dolienteTendría que destapar muchas cloacas
Y oler demasiada podredumbre ancestral
Pensar en el origen ahora le producía un malestar cercano al asco
Mientras escuchaba un acento extraño en el aire
Y distraía nuevamente su mirada metafísica a un punto que no existe para nadie
Pero que es harto necesario de mirar para aguantar la vida
Mirar fijamente a la nadaIV
No reconocerse en el espejo
Espejearse en las sombras
Sombrear la tristeza
Triste represión del todo
Totalizar las cuerdas
Cuerda locura que empaña
El paño de los días oscuros
Cuya melancolía me supera
Me melancolizaV
Volví sobre mis pasos
No hubo caso
Se han ido las huellas
De alba a ocaso -

Te miras en el espejo de la otra y no sabes cuántos años han pasado, te sientas en su mesa, con su comida y sus pensamientos del mundo. Cuánto tiempo esperaron el encuentro, cuánto tiempo en lugares solemnes como Escandinavia, escuchando voces que se parecían dramáticamente a la suya, pero sólo eso: se parecían. Recordarás la vez que en el subte creíste que el pasado se te caía como un muro lleno de alambres, no supiste sino temblar y recorriste su cuerpa como en todos los sueños (cuando querías dormir y dormir pensando en que de esa forma inexorable verías lo que viste entre los pasitos apresurados en la mañana del subte); el cabello negro y largo, supiste de su tecitura, del estruendo de cristales rotos que escuchaste romperse dentro de tí, le miraste las manos buscándole el rojo brillante, te perdiste en los bordes que más bien eran sombras en la ropa, marcando el escondido encanto de sus senos púrpura.
Pero era otra, como siempre que caminabas y escuchabas y soñabas y veías, era otra; no tardaste en sentirte ridícula cuando su voz pidiendo la hora sonaba a otra cosa, o cuando los ojos que viste no tenían la caída de gancho que tienen los suyos, te sentiste maltrecha y rota.
Volviste al espejo y a la silla, cerrarías los ojos como sabrán las diosas quién sabe cuántos años, con fuerza lo hiciste, queriendo que al abrirlos, el aire se transformara y se hiciera poco a poco la silueta de su hacer el amor.
A veces llorabas, lo recuerdo, porque no había nada y ya sólo podías quedarte en un rincón besando lo único que te quedaba: (sus) recuerdos.
Te lamentabas por no saber si pasaste más años con o sin ella, esperándola o despertando a su lado, olvidabas detalles que antes eran el pan de la cena, tenías tanto miedo, temblabas. Cómo lo recuerdo.
Y un día, con tu vestidito rojo saliste de nuevo de casa para ir a morir, te sentaste tarareando alguna música y ella tenía sus uñas en tu espalda, la boca seca y toda la eternidad contenida en la piel… Abriste los ojos, esta vez sin contar hasta siete ni pretender nada… y ahí estuvo, frente a tí, esperando con los silencios que eran de las dos.
Te caíste del muro con todas tus lágrimas encima.
Y te quedaste…
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Una vez miré algo parecido a tus ojos
Fue un documento inanimado pero reflejaba una vida de silencios, dolores y muchas alegrías
Me gustó la despreocupación de tus movimientos
Nunca pensé en tocarte la mano
Te vi entre pasillos y números
Y aunque familiar, fuiste diferente a todo
Una sonrisa, unos ojos grandes, no más que tu mochila, y separados, no más que estos recuerdos
Y algo me atravesó
No dije nada, casi nunca digo nada
Incluso ahora escribo para no decirte nada
Porque lo que diga podría mirarse desde un lugar peligroso
Desde los confines de las relaciones comunes
Heterosexuales
Por eso escribo
Sin decir/te nada
Aunque confieso
Que cuando me pides historias, brillo
Doy un salto imaginario
Y es absurdo esto
Pero confieso(te) lo que puedo en la medida que puedo
Y te respondo algo que asegure un sitio entre tus recuerdos
Aunque me alejo de lo cotidiano
Mantengo distancias para no agobiar
Callo y espero
Te digo entrelíneas que las cartas podrían ser un vínculo
Que donde quiera te puedes encontrar un papel, un guiño
Ojalá fuera mío
No tengo culpa
Pero ojalá fuera mío
Así sabría del nuevo falso abandono
Así podría decirte que te vi entre pasillos
Sentí
Y callé
Y no dije nada, porque casi nunca digo nada
Pero no dejé de mirarte contemplativa
Y escuché tus historias, de cerca y lejos
Y salí contigo
Y te quise tomar la mano
Arrebatada
Aguerrida
Aventurada
Voluntariosa
Todo lo que se quiera decir sobre mí
Que no digan que no amé con locura a las mujeres en mi vida
Que no digan que hice trampas
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Apenas tu nombre en mi recuerdo
me vibra el tiempo
Apenas sospecha de tus labios
recorren ya mi cuerpo
Me detengo en el día a sentir el deseo
tus suspiros en el viento
metafísicos tus dedos
Presentidos en toda mi silueta
Me arqueo
Un destello en el vientre
En la vulva
sólo basta suponer otro encuentro
Apenas la imagen de tus senos
mis ojos cerrados
sellados
la respiración se agita
no hay orgasmos desterrados
Apenas diez años han pasado
tus dientes siguen en mi espalda
atravesando distancias
volviendo al lugar anhelado.
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Rompes la lógica
incluso
de toda teoría
inconsciente
Porque te sueño
y después te deseo
sin beberte
Rompes un mar
huellas
de toda una vida
rota
Porque te busco
y rememoro
sin tregua de encuentro
Rompes silencios
recuerdos
de otros tiempos
febriles
Porque el tuyo
es el silencio
que genera su propio eco
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TU NOMBRE
Tu nombre me puebla
franquea mi cordura
sus límites
frágiles de tí
Tu nombre se me atora
en todas las gargantas
y se hace
nudo el dolor
Tu nombre ocupa todo
el espacio que habito
los restos impíos
del tiempo
Tu nombre
entrelíneas
Tu nombre
entredientes
Es tu nombre
pueblo, saliva y silencio
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En el artículo anterior recuperaba el concepto de heterosexualidad como régimen político que ya ha sido trabajado por diferentes lesbofeministas. Ahí enfaticé en las violencias que la heterosexualidad despliega sobre nuestros cuerpos y ahora quiero referirme a la violencia que se manifiesta como enfermedad y muerte en la relación cuerpo-emociones dentro de un sistema feminicida. El análisis es extenso, pero trato de presentarlo lo más breve posible.
Comencemos por hablar de nuestro cuerpo como un documento vivo e histórico, como un territorio violentado por el patriarcado ancestral, colonizado culturalmente y tomado por la heterosexualidad. Y después hablemos de la enfermedad como una manifestación ante el despliegue de violencia por parte del régimen heterosexual.
Primero hay que tener claro que el cuerpo no es sólo lo que el positivismo ha querido que sea (huesos, tejidos, genética y otros esencialismos sujetos al mercado farmacéutico-político), es nuestro espacio de-construcción, es un documento vivo, es nuestra memoria histórica, se expresa, manifiesta, protesta, calla, hace rutas, siente, todo desde el entramado de historia, cultura, trabajo, religión, lenguaje, política, símbolos, significados, emociones.
En este entramado que puede leerse en el cuerpo, las feministas comunitarias hablan del patriarcado originario ancestral que, como sistema milenario de opresión contra las mujeres, se encargó de normar la heterorealidad cosmogónica como mandato y configurar roles, usos y costumbres, principios y valores que violentaron el cuerpo-territorio de las mujeres.
Cuando comenzó la colonización, se implementaron la lengua española, la evangelización y la modificación sustancial de costumbres y con ello se indujo a una memoria social basada en el sometimiento. Cambiaron las maneras de pensar-se, sentir-se y vivir-se en el mundo. Lo mismo pasa en lo sucesivo; las manifestaciones del cuerpo y las construcciones emocionales van transitando a medida que la cultura cambia y condiciona unas posibilidades de sentir, las crea, las norma. Sí, las emociones también son construidas culturalmente (y diferencialmente para hombres y mujeres), sólo que su naturalización impide analizarlas desde lo social.
Si pensamos en el actual modelo económico, vemos que se puso a la venta un nuevo modo de vida que se convirtió en ideal; la heterosexualidad se impone como un régimen que, basado en el sometimiento de las mujeres, se convierte en aspiración global. Quién podría negarse a querer una vida de película con un trabajo, un matrimonio, hijos, mascotas, casa, automóvil y toda esa salud, éxito, felicidad y bienestar prometidos a base de fetichizaciones. Desde aquí cabría preguntarse por qué a pesar de todo lo ofrecido por la heterosexualidad, las mujeres no hemos encontrado salud, felicidad ni bienestar y, sin embargo, enfermamos más, somos violentadas más y asesinadas más.
Aún así, este estilo de vivir se hizo normal y verdadero, se encarnó en nuestros cuerpos como parte de la conformación del régimen heterosexual; la heteronorma se instituyó corporalmente como principio de vida a través de diversos órganos (legales, educativos, laborales, etcétera) y se apoderó de las maneras de sentir (en) el cuerpo mediante normas que castigan y niegan otras formas de sentir que no sean heterocapitalistas. Es una constante educación erigida en el patriarcado ancestral, sostenida por el miedo y el sometimiento y reforzada por toda Institución actual. La cuestión es que un cuerpo sometido se convierte en herramienta de reproducción de una cultura y de ahí que reproduzcamos tan eficazmente y sin cuestionar al régimen heterosexual. Este régimen ha ocupado los espacios del cuerpo para sentir, pensar, hacer, desear. El modelo de vida heterocapitalista trajo nuevas formas de sentir-se, pensar-se, mover-se en el mundo y también de enfermarse.
No es nuevo que exista una relación del cuerpo con las emociones y que se pueda manifestar como enfermedad, esto se abordó desde las culturas milenarias hasta hoy. Y el cuerpo (que es texto, historia, cultura) inserto en una sociedad como la actual, está en condiciones de enfermarse de muerte por la imposición de un principio de heterosexualidad que es por lo demás violento y feminicida. Y por ello propongo que las enfermedades psicosomáticas que actualmente acaecen a las mujeres parten en gran medida de la heterosexualización (violenta y feminicida) de nuestros cuerpos. Vivir en el régimen heterosexual es una amenaza de muerte para el cuerpo. Genera formas de entristecerse, sentir melancolía, enojo, felicidad, de estar alerta, de producirse, de actuar, de mentir, de caminar, de enfermar, de morir, de todo. Genera formas de vivir y formas de morir. Enaltece unas emociones y acalla otras. Premia unas conductas y castiga otras. Sabemos además que un cuerpo enfermo es más dócil, más fácil de manipular y gobernar, más conveniente, eso que siempre ha querido y hecho el patriarcado sobre el cuerpo de las mujeres.
La relación cuerpo-emoción-enfermedad existe, la relación entre esto y el sistema heterocapitalista existe. Si vemos censos históricos, las enfermedades en mujeres no son las mismas en cada época. Sin ir tan atrás en el tiempo, desde la sociedad porfiriana, con la industrialización se fueron conformando nuevas condiciones orgánicas y emocionales que cambiaron con la instauración del neoliberalismo como todo un proyecto de nación salinista. Durante el siglo XIX las enfermedades imperantes tenían que ver con epidemias y hambrunas, para el siglo XX las principales causas de muerte se centraban en el aparato digestivo y respiratorio, así como enfermedades infecciosas. El cáncer aparecía ocasionalmente y ni la diabetes ni el VPH figuraban en los censos. Fue hasta 1975 que aumentaron los casos de diabetes y aparecían más frecuentemente las muertes por cáncer cervicouterino y de mama, esas que hoy en día están entre las de mayor incidencia a pesar de que hace unas décadas apenas se veían. Estas enfermedades psicosomáticas y sucesivas muertes nos indican no sólo números estadísticos, sino rutas sociales de políticas públicas, de concepción de salud, de filosofías de vida, de procesos culturales, de normas, emociones, etcétera. La muerte de las mujeres no es un hecho aislado ni mucho menos meramente un dato biológico, está cargado de historia y cultura. La muerte es política.
Entonces es innegable que las emociones se relacionan con los procesos de nuestro entorno; no podemos ver todos los efectos de la heterosexualidad (alienación, servilismo, explotación, violación, feminicidio) sin pensar en los efectos en nuestro cuerpo (alteración, miedo, tristeza, melancolía, enfermedades). Las emociones, los sentires construidos culturalmente, que hacen rutas corporales y hablan de historia y cultura, se presentan como protesta. Es el cuerpo que avisa que existe un problema y elabora ciertos mecanismos de defensa para no morir pronto, sin embargo, esos mecanismos se manifiestan, paradójicamente, a través de enfermedades psicosomáticas.
¿Ante qué protesta nuestro cuerpo? ¿Qué sentimos cuando todo el tiempo nos dicen que hay que tener miedo? ¿Qué sentimos cuando no sabemos si mañana vamos a comer o no, si nos van a negar un empleo por ser mujeres, si nos van a despedir del trabajo, si entraremos en el fuego cruzado del narcogobierno, si nos van a dar a elegir entre parir o ir presas, si un compañero de esos que llaman aliados va a acosarnos? ¿Qué sentimos al saber que somos cuerpo-objeto para el otro, que se nos puede tocar, violar o matar en cualquier momento a cualquier hora y en cualquier lugar, que uno de los hombres que nos amenaza virtualmente nos va a buscar hasta encontrarnos y matarnos, si un marido o un extraño en la calle va a descuartizarnos? ¿Qué emociones predominan en nuestros cuerpos dentro del régimen heterosexual? ¿Cómo sentimos el cuerpo cuando salimos a la calle? ¿Qué pasa cuando no vemos cumplidas las promesas del heterocapitalismo? ¿Qué sensaciones experimentamos al ver que (en cifras oficiales porque sabemos que son más) cada 5 minutos (hombres) violan a una mujer y hay 7 feminicidios diarios en el país? ¿De qué enfermamos las mujeres, a qué edades, cada cuánto? ¿Además de feminicidio, de qué morimos las mujeres, a qué edades, cada cuánto? ¿Las otras muertes de mujeres no son feminicidios? ¿Podríamos hablar de feminicidio gore y feminicidio psicosomático?
Cada día sentimos algo y el cuerpo manifiesta algo. ¿Qué es, de qué problema habla, ante qué se está defendiendo y de qué maneras? ¿Qué problema podría enfermarnos tan violentamente como para generar las emociones que desencadenen un cáncer por ejemplo?
Ya lo he dicho antes y no es difícil llegar a señalarlo: es el régimen heterosexual.