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Salían
como si nunca unidas
hubiesen estado
Secas
huellas de sangre
amoratadas
Duras
huellas de tiempo
necrosadas
Uñas o recuerdos
a estas alturas
qué era qué
y qué importaba
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Habla
no te muerdas los labios
Habla
pasa los tragos amargos
Dime que has soñado con nosotras
que nos ve amanecer el tiempo
acariciando nuestros cuerpos
como antes, comos siempre, como nunca
Dime que llevas el día pensando
en los bordes de mis labios
lamerlos, besarlos
Dime adonde se encausa
tu deseo
la floresta de tu pecho
tu sexo suculento
Pero habla
por más que no tomes el vuelo
aun sin poner fecha al encuentro
habla
que te espero
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Sólo tu mirada
semilla infinita
puebla mis recuerdos
Sólo tus labios
plántula suave
enervan mis momentos
Sólo tu sonrisa
tallo alegre
apacigua mis miedos
Sólo tu voz
cerezo primaveral
entona mis anhelos
Sólo tu cuerpa
universa inagotable
trasciende mis destiempos
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Ella entra, sonríe y deja caer la pesadez de la calle, da unos pasitos discretos por el pasillo que conecta todo este espacio, se descalza, pone la tetera y se despeina un poco. Es una especie de ritual de final del día. Mira a la ventana, quizá espera a que llegue la nieve de este año o quizá lo que espera es la vuelta al hogar, se pierde un rato en el horizonte hasta que el pitido le anuncia que el agua está lista.
Se sienta en el sillón rojo y usa la taza como calefactor de manos, no tiene televisión, se rehúsa a enajenarse de ese modo, prefiere imaginar una pintura, alguna una obra que seguramente al cabo de unos días comenzará a materializar.
La interrumpo con una llamada, yo, que he imaginado su final del día, le hablo a la distancia sobre los horarios cambiantes, ni siquiera sé la hora por allá, menos mal que no la desperté, le cuento sobre mi suspicacia en el mercado, mi espinaca brotando en las macetas, la hidropónica, mis sueños donde la miro y ella me besa el cuello. Hay segundos en los que pienso que en realidad no hablo con nadie, ¿descolgué el teléfono? ¿marqué hacia algún lado? pero si ella me ha respondido, incluso respondió con el idioma de esa tierra, quizá por costumbre, pero ¿qué es este silencio? ¿se cortaría la llamada? Su respiración me vuelve a conectar con la realidad, es su presencia la que me da certezas de la vida. Lo último que le he dicho es que soñé que la miraba y ella me besaba el cuello, apenas terminé la frase ha soltado un gemido breve pero profundo que me atraviesa la piel, el deseo.
¿Para qué decir más en este instante? Ninguna puede volar al país donde está la otra y vivificar el sueño. Lo sabemos y hacemos silencio, pero la imagino cerrando los ojos, elevando el brazo izquierdo hacia el techo, suspendida en un solemne momento. Puedo ver su cuerpo, cada pliegue de su ropa, su cabello oscuro, los labios suaves, agrietados por el frío… Abre los ojos y sorbe, yo soy una espectadora de sus movimientos.
Ahora es de noche, ella duerme y soñará que la he imaginado al final del día, que le he llamado para contarle que soñé que la miraba y ella me besaba el cuello.
Así de infinito es este hilo…
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Soy la que espera
a orillas
de la esperanza
Soy aquella
desterritorializada
a la nada enraizada
Soy la que espera
a que llegue
un fantasma
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En esta época quisiera dar homenaje a los dolores de la reminiscencia, a nuestras historias que quedaron a la deriva del tiempo, quisiera recordar de manera acentuada lo que vivimos y dar vida, aunque sea en vuelo imaginario, a lo que no vivimos. Es un tiempo solemne, a veces de fiesta, para recordar nuestras muertes.
Nos quiero poner un altar con fotografías de los días en Revolución, La Alameda o Bellas Artes. Traer un pedazo generoso de sábana del Hotel Congreso y colocarlo como el mantel, preparar chocolate caliente y ponerlo en un vaso del Jarocho o La Parroquia, picar papel con las figuras de nuestros pulmones, úteros y corazones. Las veladoras que nos muestren un camino, aunque sea el camino paralelo de nuestros destinos. También quiero llevar fruta fresca y frutos secos -el contrapeso vital-, algunos dulces, pero no de coco, cráneos de chocolate y la bandera con nuestros nombres.
Quiero dar santa paz a las que no pudimos ser, honrando el intento, por más tenue que fuera.
Pero en el fondo, y si te soy sincera, todo lo hago para seguirte trayendo al presente, asidero de mis días, manglar de estas aguas en las que soy ola, muelle y barca. Soy la que se mueve hacia tus tierras, la que te busca, la que te espera.
El altar es (a) la espera definitiva.
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¿Cuánto silencio se necesita
para ocupar el lugar
del retiro necesario?
Tú,
la hacedora monumental del silencio
creas esculturas de hielo
que cincelas en mi pecho
el pecho de la esperante
Cuando callas
camino por el infierno
Yo,
el lugar de la grieta más abierta
de lo que tu boca calla
creo en el tiempo
que me regalará un féretro
llamado recuerdo
Y un día
exhibirán mi espera
en un museo
como la estoica historia
que nació muriendo
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Me detengo a recoger mi sombra, la presencia rota, el testimonio de la herida. Soy la que mira sin ojos ante el redoble de ejércitos de sol, cuando un llanto hace volver a la vida porque respira. Soy la que muere en pedazos, de amor, de alegría.
Estoy de pie ante las ruinas del sueño
abyecto
es el deseo
Estoy esperando encontrar las formas del silencio
sospechante
reverbero
Estoy detenida recogiendo mi sobra
pedazo
de ausencia rota
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Yo que pensaba que sí
pero no
Nunca ponderé el orgasmo
-por más múltiple que fuera-
nunca lo puse por encima tuyo
por encima nuestro
Y estuve a dos mililitros
de deshidratarme
con otras manos
con otra boca
con otra cuerpa
mientras tu lejanía
era más pronunciada
Pero no
nunca hube de situar los placeres ajenos
por encima tuyo
por encima nuestro
Y aún hoy me pregunto
por qué tú siempre
me pusiste
al último
todo el tiempo
…
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Una cuerpa nacida en la herida, en el ciclo de dolencia, cicatrización y reapertura, esa es una cuerpa rota a la que le han coartado la existencia viva.
Renuncio al aullido seco, al dolor de pecho, a la noche sin fondo.
Renuncio a las fuerzas ajenas de historias paralelas.
Renuncio al sitio vacío que el tiempo cuenta.
Renuncio a enemistarme con la soledad.
Renuncio al pasado tal como renuncio al futuro.
Renuncio a las palabras deshonestas.
Renuncio sobre todo a la obsesión y al exceso.
Renuncio a la creencia ciega de que merezco vivir (en) la miseria.
Renuncio al espejo dislocado.
Renuncio a la maraña de ecos solemnes.
Renuncio a habitar la espera, la vuelta de quien se ha ido.
Y en la misma medida
Acepto que estoy viva. Acepto la vida.
Acepto testimonial de historias, la herida.
Acepto el viento de la mañana.
Acepto el vacío verdadero.
Acepto mis huellas marcando camino.
Acepto el aire alimento, fresco.
Acepto mi sangre, corriendo.
Acepto el fuego de mi espíritu, certero.
Acepto el agua de mis ojos, sin miedo.
Acepto la tierra en que he de convertirme, al momento.
Recibo la vida, sin religión, dogma o rimas, sin estructuras precisas.